ESCUADRONES DE LA MUERTE

CORREPI - Antirrepresivo, junio 2002
01.Jun.02 :: ANTIRR - 2002 Jun

Por Cristian Alarcón
La tarde del 24 de abril de 2001 tuvo para Gastón “Monito” Galván el mismo brumoso color, la misma deformada sensación de irrealidad, y ese olor persistente del “tolueno” en las manos, en la ropa y en la boca, que después de dos años de aspirar pegamento es difícil de lavar. Iba, acompañado de su amigo Miguel “Piti” Burgos, hacia la ferretería de la ruta 202 donde hacía todo ese tiempo que compraba la latita de poxirán. Avanzaban en una bicicleta hasta que los detuvo una patrulla de la comisaría 3ra de Don Torcuato, “La Crítica”. No solo que hubo testigos del momento en que los subieron al auto, sino que los policías, –el oficial inspector Marcos Bressán y el Jefe de la Patrulla de Calle, Martín Alejandro Ferreira– luego se dieron el lujo de pasar por la estación de servicio Rhasa, de 202 y Panamericana, uno de esos lugares de provincia que parecen una gasolinera pero tienen mucho más de aguantadero policial. Los chicos, medio bandeados por el efecto de la bolsita, deben haber creído que se trataba de una detención más. Decenas de veces los habían parado en las esquinas de Bancalari, o para practicar el deporte del falso fusilamiento contra el suelo, o para llevarlos a la seccional donde la tortura según todos los relatos de los presos, es más cotidiana que el pan y el agua.
Al menos eso pensaba Alicia Velázquez, una mujer de Bancalari madre de 9 hijos, que pasó esa tarde, cuando eran poco m s de las 20.30, junto a dos de sus chicos. Recuerda aún hoy que uno de sus pibes se puso a revolver las bolsas de basura del lugar y uno de los oficiales se le acercó para correrlo. A un costado vio también al “Monito” y al “Piti”, sus vecinos de pocas cuadras más allá, en ese extremo de la zona norte en el que la eliminación sistemática de chicos ladrones y pobres los tiene siempre en la mira. No llegó a pensar que podían estar en la antesala de una masacre, a pesar de que ella ya sabía que a Don Torcuato la gobernaba la patota y un escuadrón podía decidir la vida de un niño. Cambió unas palabras con el “cobani”, defendió a su pibe, y se fue para el fondo de la villa, un barrio de cuadrícula española pero cercado por la miseria y por el control de la Patrulla de Calle, dueña real de las esquinas.
Esa noche el Monito y el Piti pasaron por la comisaría 3ra. Los vieron los presos desde el calabozo de adultos, porque en la Crítica a los menores de edad siempre los “engomaron” en un pasillo que da a las celdas. Solían esposarlos contra ellas, o dejarlos ah¡ arrodillados durante horas para que cada uno de los que pasara les diera con la palma abierta en las quijadas, y en el estómago, cosa de que se resista la piel a las marcas. Estuvieron allí hasta cerca de la 1.30. Uno de los presos les alcanzó algo de comida. Cuando llegaron a buscarlos y se los llevaron a los empujones en medio de la noche, pensó que sus padres habían venido a buscarlos, como suele ocurrir. A lo sumo, si habían robado y los habían pescado, irían a un juzgado de menores, a un Instituto, a una granja o centro de recuperación para adictos.
Pero Gastón y Miguel salieron de allí condenados a muerte hacia un escenario que todavía se desconoce. En algún descampado de la zona liberada del escuadrón los ataron y los amordazaron. Recién entonces los fusilaron. Por eso, porque el Monito estuvo inmóvil cuando lo mataron, era que su madre, Zunilda, me obligó a acercarme al cajón de su niño el día del velorio: para mostrarme que sus manos estaban sanas, que no tenían las marcas de los golpes que les hubiera dado si hubiera podido intentar defenderse.
Pero no, finalmente la descarga de 11 balas en el cuerpo del Monito, y de 7 en el del Piti salió de por lo menos tres armas diferentes. Una de ellas una pistola Heckler and Kotch, que en el mercado y para los ladrones con cierta experiencia recibe el apodo de “jericho”, un arma de caño limado que no deja marcas en las balas y así garantiza la impunidad del asesino. Entre las balas que encontraron los peritos en el cadáver de Galván –descripto sin dudas por todos los que lo veían a diario en el barrio como “el más odiado por la patrulla”– hay dos cartuchos conocidos como “pasachalecos”, de marca “Hirtemberger –P–”, de origen austriaco e imposibles de conseguir en el mercado civil de armas.
Uno de los detenidos de la 3ra declaró que el oficial Bressán se jactaba de tener una caja de 50 en su poder y hasta se los había descripto. Los presos de la tercera, con el pasar de los meses, y después de una investigación de la abogada de Correpi, Andrea Sajnovski y de este cronista se convertirían en la clave para que la justicia procesara a Bressán. Y para que Martín Ferreira, su jefe, escapara para consagrarse como el prófugo más astuto de la temporada, sobre todo teniendo en cuenta que es el hijo de Marcelo Ferreira, el tercero de Pedro Klodzcik *chequear* durante la época de oro de la maldita policía. Ferreira es el hijo no solo de un jefe policial que hizo fortunas, sino de un jefe que fue, según el libro de Ricardo Ragendorfer y Carlos Dútil, “La Bonaerense”, la mano derecha de quien en ese entonces peleaba en las arenas de la política provincial, Eduardo Petiggiani. La paradoja es que Pettiggiani luego se convirtió, por obra y gracia de Eduardo Duhalde, en presidente de la Suprema Corte Bonaerense, la misma Corte, el mismo presidente, que en octubre del año pasado, firmaron la acordada en la que se denuncian 60 casos de presuntos fusilamientos, entre los que el de Galván y Burgos, son acaso los más palmarios y siniestros.
Alicia Velázquez es la mujer que vio al Monito y al Piti aquella noche del 24 de abril en la estación de servicio Rhasa inmovilizados por la policía. Lo recuerda y lo cuenta recién 11 meses después, cuando la sombra del escuadrón ha cubierto también su casa, sus altares, su manera de mirar, el sueño, la vida de su primogénito, Leandro García, otro Monito, para los pibes del barrio. El Monito también aspiraba pegamento, aunque con un poco más de “carpa”, no tanto por la policía como por el genio duro de su madre que hacia sentir su enojo si lo encontraba drogándose. Y la tarde del 30 de enero de este año en eso andaba, drogándose con sus amigos abajo de los terraplenes de las vías, al fondo de Bancalari, protegidos por la sombra de tres álamos gordos. Los policías Juan Esquivel y Enrique Chacón perseguían a otro grupo de pibes que se habían robado una auto encañonando a la mujer que lo manejaba. Se metieron por las vías y llegaron a los tiros al refugio de los pibes de la bolsita. Cada uno hizo de su cuerpo una pluma y salieron hacia todas partes, disparados. Pero Leandro subió por las vías y no encontró refugio. Se encontró con un policía que de frente, y mientras él tenía las manos levantadas pidiendo que por favor no lo mataran lo fusiló. Los testigos dicen que sonaron tres tiros. Y que el último se lo dio uno de los policías en la mano para terminar de simular un tiroteo.
El crimen de el Monito García venía a ser el séptimo de una zaga iniciada el 11 de mayo de 2000 cuando acribillaron a Guillermo “Nuni” Ríos. Luego siguió Fabián Blanco, a quien le anunciaron durante meses su condena a muerto. Al Monito Galván y al Piti Burgos también se lo habían advertido. Continuó en agosto de 2001 su amigo Juan “El Duende” Salto, también sentenciado y amenazado. El escuadrón siempre avisa, tortura, amenaza, golpea antes del ajusticiamento. En el caso de Leandro se supone que no querían bajarlo a él. Su madre sostiene que el condenado era otro, un chico de la bolsita, pero que se habría “descontrolado” robando. “El tenía carta blanca”, repite ella y hace caer una mano como una guillotina sobre la otra. “Si Leandro hubiera tenido carta blanca yo lo hubiera sabido porque acá todos saben cuando uno la tiene”.
La selección de las víctimas de fusilamientos policiales no son casualidades encaprichadas. El nivel de desproporción, de vulnerabilidad, de pobreza de los chicos que mueren bajo el gatillo del escuadrón, como siempre ocurrió con las victimas del gatillo fácil, es el más alto que se haya registrado en las últimas décadas. La desnutrición infantil evidente de esos ladrones de 16 que parecen por sus cuerpos de 14 o de 12 años, el inútil tesón de los padres que han intentado rescatarlos hasta con la fuerza y el palo, subyacente y hacen a esta crisis del modelo político y económico, esta quebrada incierta en la que la idea de la picana y el juicio sumario es una sombra tan rancia y temible como el hambre. Así, esta sucesión de crímenes consagra al escuadrón de la muerte como la manera en que esta sociedad atravesada por la humillación, el hambre y la explotación es también condenada con la muerte de los que sobran. Para el sistema la eliminación –previa criminalización temprana– de los excluidos sociales es una práctica de sostén y sobrevivencia. Nuevamente en la muerte de muchos puede estar la salvación de los mismos de siempre.

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